Análisis crítico – Oiligarchy

Nota: Este análisis se escribió para un trabajo del Máster de Diseño Narrativo en la URJC.

Introducción

¿Quién manda realmente en la política?

La respuesta más directa y automática sería, a priori, el colectivo de la población. Vivimos en una democracia representativa y somos la totalidad de la población quienes elegimos a nuestros representantes. En esa idealización realizada en el vacío, el poder únicamente recae sobre la idea del pueblo y no sobre la de unos pocos oligarcas. Por supuesto, los políticos son en última instancia quienes ejercen esa capacidad de elección directa, actuando según el juicio sofisticado que les ha llevado al poder en primer lugar. Su rol es ser representantes, marionetas de la voluntad común, sin intereses propios que se extiendan más allá de sus funciones.

Hoy en día, esta afirmación no se sostiene sin un par de refuerzos, y sólo en el caso de ser optimista nato. La experiencia colectiva ha demostrado que la política es infinitamente más compleja, repleta de intereses contradictorios que no se limitan al esfuerzo democrático. Los políticos necesitan pasar por urnas para llegar al poder, pero manipulan y sesgan la información presentada, a veces en términos razonables y entendibles dentro del sistema. Si nadie apoya económicamente su campaña política, ¿cómo van a hacer oír sus propuestas al grueso de la población? Una vez se acerquen al poder, tendrán que sesgar el de otras entidades, entrando en una red de combates invisibles para la mayoría. En esa guerra hay muchos tipos de armas, siendo la más común la descredibilidad y las fake news, un arma de destrucción social que bombardea nuestras redes más que ninguna otra amenaza, incluso las más graves. La política no es el arte de decir la verdad, sino de cómo abordar la mentira y así, en los partidos e individuos más bienintencionados, arañar las mejores en un lento y progresivo vaivén social.

No estoy abriéndole los ojos a nadie. Vivimos en una era de cinismo e incredulidad social y política que llega al extremo de dudar si la nieve es real o un invento de un gobierno que ya es más un concepto inamovible de corrupción que un grupo cambiante. Da igual que el cambio climático lleve años mostrando sus consecuencias, sobradamente confirmado por los datos científicos. Lo relevante no sería afirmarlo sin más, sino orientarnos hacia dos vertientes: analizar por qué sucede esto y según qué mecanismos se alimenta, y buscar soluciones al respecto. Ambas tendencias son necesarias para afrontar la red de problemas que afrontamos en nuestra época. Aunque personalmente suelo decantarme por reforzar el segundo caso, señalar a los auténticos culpables es tan valiente como necesario.

Molleindustria lleva tiempo erigido en la primera opción. Su mirada crítica no tiene miedo en meterse en los casos más peliagudos, mostrando el lado retorcido e incómodo de nuestra sociedad globalizada. El tronco de sus productos son Serious Games centrados en la crítica social a través de mecánicas sencillas, entretenidas, e inherentemente salvajes por sus propuestas. Algunas son más suaves (Run Jesus Run, en el que revivimos la vida de Jesús en apenas un minuto), otras más propositivas (Democratic Socialist Simulator, replicando una sociedad democrática socialista sin ápice de sátira) y la mayoría, brutales muestras de los mecanismos ocultos de las oligarquías.

Operation Pedopriest generó una oleada de indignación y acusaciones legales en Italia por su representación de la Iglesia Católica, y Phone Story fue diréctamente prohibido en la mayoría de dispositivos móviles tras mostrar la manera en la que las compañías se nutren de la esclavitud infantil para abaratar sus costes de producción.

Por lo tanto, no es de extrañar que Oiligarchy sepa dar justo en el blanco. A continuación, vamos a examinar cómo este juego logra trazar su discurso a través de sus mecánicas, y por qué es tan relevante en el ácido discurso político al que nos estamos acostumbrando.

¿En qué consiste Oiligarchy?

El título se presenta cabalgando como en un western.

Oiligarchy es un juego narrativo con mecánica de gestión de recursos donde el principal objetivo está en expandir tu propia empresa, sea cual sea el coste humano y medioambiental. Las acciones del jugador se aplican sobre dos campos: las inversiones que hacer sobre los distintos terrenos a explotar y la toma de decisiones dentro del ámbito político. Las primeras se toman explorando los territorios disponibles, creando infraestructuras, reemplazando o destruyendo las inservibles, protegiéndolas de distintos peligros, y sobornando a algunos oficiales. Las segundas se realizan en el Congreso de los Estados Unidos, aportando dinero a las campañas de elección cada pocos años para ganar miembros a tu favor, y tomando decisiones secretas en el área secreta en el caso de que hayas dominado al presidente.

Estas acciones se toman en rondas representadas como años en el mundo ficcional, de tal forma que una vez realices tus acciones deberás pasar al siguiente año y ver las consecuencias. Esas consecuencias pueden ser desde una noticia en el periódico, el ataque de un grupo armado, a la inevitable suma de ingresos de tus explotaciones. El tiempo de juego abarca un periodo que puede ser, al menos, de unos cien años. Si llegas al final se da la condición de victoria; si tu gestión no es suficientemente buena, los directivos de la empresa te despedirán y se dará la condición de derrota.

Partiendo de esta base, el objetivo del juego es mantener el poder en la industria petrolífera a todo coste. Veamos cómo se ejecuta ese proceso.

Desarrollo del juego

De entrada nos sitúa en 1946, en el papel de un oligarca norteamericano de la industria del petróleo que toma las riendas de una empresa emergente. Partimos de un gran capital económico que deberemos invertir en la explotación de la primera reserva, ambientada en Texas, U.S.A. Aunque nuestro capital inicial parte de una base privilegiada, en la primera ronda el jugador (De aquí en adelante, nosotros) se da cuenta de que apenas tiene margen para explorar el desierto, encontrar algunas reservas de petróleo, y colocar la infraestructura más básica. Un extractor grande cuesta demasiado y los pequeños extraen una cantidad irrisoria, concluyendo los primeros años con una bajísima rentabilidad. Tenemos un terreno reducido y un entendimiento inicial de sus mecánicas suficiente para gestionar nuestra  área de influencia.

Comienzos humildes ante todo.

Al menos, hasta que llegan las primeras elecciones presidenciales, donde nos introducimos en el segundo aspecto jugable: la democracia. Debemos volcar chorros de dinero a un partido para que gane la frenética carrera de las elecciones, sin olvidar darle algo de dinero al partido perdedor, que saldrá con un porcentaje variable de los votos sobre el que no tenemos control. Si hemos jugado esas elecciones nuestro rendimiento económico será negativo (Se intuye que estamos actuando bajo préstamos) y no podremos invertir hasta recuperar suficiente dinero, pero habrá merecido la pena: el juego facilita que en esas primeras fases entremos en la cámara secreta, habiendo comprando la mayor parte del favor político. El Presidente estará “oiled”, embadurnado en nuestro aceite y corrupción, y tendremos control sobre las decisiones difíciles y secretas.

La política que todos conocen…

…las cloacas del Estado que todos sospechan.

Aquí es donde el juego comienza su auténtica andadura, el foco más interesante de sus mecánicas. El terreno de Texas será suficiente durante un tiempo, pero desde el comienzo queda establecido que la cantidad de exportaciones será limitada y que hay otras regiones ricas en materia prima que son inaccesibles, principalmente por pertenecer a otras naciones. Si queremos mantener nuestra oferta al ritmo de la demanda tendremos que aumentar nuestras reservas de petróleo, y para eso tendremos que exportar nuestro negocio más allá de las fronteras nacionales. Por lo tanto, tomaremos decisiones para permitir la explotación en esos lugares prohibidos. ¿Cómo?

Bueno, ¿por qué deberíamos reprimirnos? Lo que nos importa como jugadores es el dinero para ganar. El primer objetivo de la cámara secreta es desestabilizar el gobierno de Iraq. Una vez hemos manipulado suficientes hilos se produce una guerra que si perdemos, podemos volver a provocar. Una vez la ganemos, establecemos soldados que debemos reabastecer periódicamente y por supuesto, comenzamos a explorar.

Queda claro que somos los salvadores del mundo.

Quién lo diría, la manipulación política tiene consecuencias.

La guerra de Iraq es el primer punto de inflexión.

Sin embargo, pronto nos encontramos con que grupos paramilitares intentan expulsar a los invasores norteamericanos a base de sabotaje. Atacan a nuestro ejército para recuperar un poder político que se intuye más tiránico que el anterior (Algo improbable a menos que hayamos descuidado el envío de soldados,  reversible con otra guerra) y lo que más nos importa, sabotean nuestras instalaciones, obligándonos a protegerlos con mercenarios que pagamos y renovamos de nuestro bolsillo.

Un poco de petróleo salpicado por sangre no molesta a nadie.

Esa situación es sólo una de las que viviremos en cada territorio. En Venezuela encontramos un territorio lleno de naturaleza e indígenas donde deforestamos todo para plantar nuestra industria e incluso realizar algunas incursiones en las plataformas petrolíferas. Tiempo después los indígenas protestarán pacíficamente cortando el flujo de nuestro dinero y tendremos que impedir que Venezuela cobre soberanía y se apropie de nuestras infraestructuras, usurpando nuestra explotación.

Por mucho que los indígenas protesten, las plataformas siguen activas.

La aniquilación de la tribu Nigeriana es uno de los momentos más dolorosos del juego.

En Nigeria nos aliaremos con la dictadura local para que aniquile la tribu y nos preste soldados para defender nuestras instalaciones, siempre y cuando no prefiramos contaminar el río y desviar la atención de los ecologistas.

Sin embargo, mantenerse en el poder no es sencillo. Al poco de iniciar nuestra empresa, múltiples estudios científicos irán cercando las consecuencias ecológicas de la sagrada misión de acoger dólares. El calentamiento global movilizará a una parte cada vez mayor de la población, que protestará y presionará a los políticos, dificultándonos cada vez más el acceso a la cámara secreta.

Este artículo podría haberse sacado de la misma vida real. Quizás así sea.

La presión ciudadana acrecienta el combate político.

Podremos contraatacar desviando la atención: por ejemplo, creando un nuevo villano islámico, sembrando trastornos de ansiedad en la población norteamericana, y, ya que estamos, provocando un atentado terrorista para potenciar el sentimiento patriótico. Nada mejor que un poco de terror y caos para que el propio no se perciba.

Quién dijo Villarejo.

Con el paso de las décadas, entre nuestra propaganda percibimos que el mundo entero se está sumiendo en el caos según nuestra batuta. Ecológica y socialmente se percibe que dejamos un planeta desolado a nuestro paso, y poco importa. En la última fase del juego tenemos acceso a nueva maquinaria de energía renovable que nos basta colocar en cualquier terreno despejado y que acaba siendo muchísimo más eficiente que la extracción de combustibles fósiles.

La instrumentalización del territorio llega a su apogeo.

En ese último rato de juego apenas tenemos que hacer nada más que pasar los años, colocar esa maquinaria por cada territorio disponible, y sembrar el planeta de nuestra presencia. Al final, el magnate que interpretábamos se retira plácidamente, podrido de dinero, dejando el nuevo rumbo a las energías renovables a la siguiente generación de la empresa.

Un final feliz.

El otro final es el esperable: la situación social llega incluso al canibalismo, y se produce la última guerra nuclear mientras nuestro protagonista se plantea su rol en el fin del mundo humano.

Análisis discursivo

El discurso está tan entretejido con su retórica procedural que ni siquiera podemos narrar el avance del juego sin que nos salpique. Es un diseño brillante que usa su sencillez para vertebrar mensajes imposibles de obviar. Ahora bien, ¿cómo lo hace exáctamente? Para comprobarlo usaremos el modelo de Teresa de la Hera y sus distintos niveles de persuasión, articulados sobre el discurso general del juego.

Lo primero que salta a la vista es la persuasión sensorial, comenzando por la visual. La representación simplista de la realidad sigue la línea de Molleindustria, con un diseño minimalista mucho más simplista y cercano. Esta estética, generalmente asociada con lo infantil e inocente, genera un poderoso contraste con el uso de la violencia y la seriedad de lo mostrado. Se produce un efecto de distanciamiento por el constante encuadre general (Añadiendo persuasión cinematográfica, observando la situación como un jugador-dios) y por la ausencia de rostros y expresiones faciales. Esta separación práctica de la realidad se recalca a nivel sonoro, mostrando sonidos de tiros y ahorcamientos para incentivar la respuesta emocional, pero convirtiendo las protestas en sonidos inteligibles y por lo tanto, irreconocibles y carentes de gran parte de su valor.

Esto provoca una contradicción interesante: generar suficiente cercanía emocional para captar la terrible realidad que estamos generando, desde la óptica sistemática de la distancia. Es una disonancia cognitiva que será la clave del espacio de incomodidad en el que nos movemos; generar el sentimiento de que nos estamos defendiendo mientras muestra que en realidad, estamos actuando por encima de cualquier moralidad aceptable y socialmente funcional.

Hay un realismo subyascente que permea a través de su falsedad, condensando su semántica con más fuerza que si se mostrase con un aspecto fotorealista.

La persuasión narrativa se encarga de llevar dicha disonancia al extremo más agudo. Desde el texto de inicio nos adentramos en el rol de un ecosistema empresarial donde los conceptos del bien y el mal tienen su baremo en el rendimiento económico.

La ironía preside los recursos literarios, preñando cada propuesta de sabotear un gobierno, generar villanos extranjeros o, por ejemplo, en la magnífica “carta” de comidas que presenta el gobierno Nigeriano para masacrar a su propia población. Presentar esa posibilidad de una manera tan concreta como la carta de un restaurante, usando un lenguaje tan animado, produce la intensa sensación de empoderamiento negativo: somos un cliente poderoso al que no se le puede toser encima, aquel al que todo el mundo sonríe y ofrece a sus hijos en bandeja de plata, comentando que siempre pueden pegarles un poco más si no nos complacen. Ese marcadísimo sesgo se ve representado en el marcador de “Oil friendly” u “Oil Unfriendly”, señalando claramente cual es el baremo válido.

¿O prefiere usted una berenjena frita?

Por otro lado, los textos de propaganda suelen el mayor recurso literario de la narrativa política: dependiendo de si tenemos o no el poder, las leyes aprobadas apoyan o no nuestro sector, maniobrando con un lenguaje mucho más formal y correcto.

El hecho de que el lenguaje se mantenga formal independientemente de si está a nuestro favor es lo que genera esa nueva y poderosa capa de contradicción, al compararla con los textos que nos llegan únicamente a nosotros. Sea por un lado u otro, se percibe que la política es capaz de otorgarle seriedad a toda clase de noticias, sean razonables o auténticas barbaridades; como jugadores, nuestra percepción de honestidad y confianza disminuye.

Los 11 puntos de la propaganda de Goebbels pueden rastrearse perfectamente, señal de lo bien construido que está el discurso meramente literario.

Este acto en particular es la cumbre del ridículo.

Los únicos elementos realmente disruptivos son los medios de comunicación, que nos contextualizan sobre el mundo y generan una persuasión narrativa al mostrarnos una visión más cercana del mundo que estamos creando. Nuevamente, el núcleo de su finalidad expresiva está en la generación de contrastes: asociar esa felicidad e ingenio con una reconstrucción inversa de nuestros valores.

Hemos visto demasiadas películas para saber cómo continúa.

Este proceso de incomodidad se articula en la persuasión procedural, que introduce un suave empoderamiento que no se siente como completamente positivo. Para establecer un reto lúdico que impulse a continuar jugando, Molleindustria introduce un porcentaje de incertidumbre: No sabremos qué va a pasar exáctamente en cada territorio, ni en las noticias, y como el experimento de la Caja de Skinner, al comienzo nos mantenemos especialmente alerta. Los ciclos de repetición son muy cortos (Permitiendo una serie de acciones limitadas cada año, aumentándolo conforme tenemos más variables sobre la mesa) y nuestro capital inicial se ve más expuesto y valioso por su escasez.  Se genera una actuación de inmersión de esfuerzo, volviendo valiosos nuestros éxitos sólo por el hecho de haber invertido tiempo y esfuerzo, y alineándonos con una posición moral profundamente contraria a la nuestra. Aunque siga habiendo una separación con esa avatarización, se da un proceso de cierta fusión que termina de anclar la incomodidad sobre el jugador.

Como jugadores, el efecto de progresión es fascinante. Al comienzo nuestra empresa parece una acción casi inofensiva, hasta que llegamos al poder político, empujados por la necesidad inicial de sobrevivir en un mercado en el que es imposible ganar sin sabotear su incertidumbre. No hay máscaras ni intención de ponerlas; el hecho de ser ricos y estar al mando de una empresa nos coloca en una posición de innegable poder por encima de cualquier ciudadano al que vayamos a encontrar, incluidos los políticos. Especialmente los políticos.

Los dos partidos recuerdan al republicano y el democrático, sin una diferenciación clara más allá de su simbología; ambos ceden al dinero que les echamos a la cara, y ambos reaccionan en la dirección contraria si no les hemos apoyado en el suficiente tiempo. La narrativa política se construye en torno a la relación retroalimentaria de la propaganda, dándonos más poder gracias a que nosotros le damos más votos. El comentario político es penetrante puesto que no se detiene en criticar un partido particular, sino la integridad moral del mismo sistema representativo.

La individualidad ni siquiera está presente; los políticos no tienen nombre ni cara porque así es como son percibidos desde la posición de nuestro magnate. Sólo son figuras sin rostro, muñecos a manipular sin rasgos más allá de su utilidad.

La carrera política no va de ideología, sino de ver quién invierte más y más rápido.

Esa persuasión procedural y estética se extrapola al resto del mundo. No hay naciones que aplastamos, culturas que masacramos ni regímenes totalitarios que potenciamos, sino territorios que gestionamos. Escuchamos protestas y gritos, vemos como las figuras son ejecutadas y sometidas como el mayor acercamiento emocional y sin embargo, sabemos que no podríamos progresar sin actuar así; las reglas nos obligan a actuar de esa forma en una inevitable analogía de las reglas del mundo real. Todo es siempre una cuestión de pérdida o ganancia, de un jugoso terreno que todavía no hemos vaciado de sus recursos. Te alineas contra lo ecológico porque, simple y llanamente, no es productivo para ti. Las personas, animales y territorios existen por y para su consumo.

¿Qué otra cosa van a ser desde el discurso neoliberal? El crecimiento infinito es la condición de victoria en el juego y por relación, en la ideología que muestra. Crecer a todo riesgo, ignorando y penalizando el seguimiento de los factores morales. Joderemos la vida de millones de criaturas, humanas y animales, sólo para pudrirnos aún más en nuestra montaña de dinero. Sus Goal Rules son muy claras. A su vez, la puntuación es una Grade Rule cuyo discurso sobre el elitismo económico es inherente, volviéndolo el centro de la escala de valores y marcando tu grado de performance en el mundo ficcional. Pasa de ser una señal de nuestras posibilidades de supervivencia y se convierten en una muestra de nuestra descarada riqueza. Riqueza que, por cierto, aumenta en la dirección contraria al bienestar que percibimos en el mundo externo a nuestra industria.

Llegado a cierto punto, el volumen de tu poder es absurdo. Da igual que los Nigeriaeses saboteen alguna de tus máquinas porque los soldados a tus órdenes no se acaban. Da igual que los terroristas se hagan con el poder; en un par de rondas puedes volver a conquistar el terreno. Da igual que los activistas pacíficos frenen una de tus muchas explotaciones en Venezuela, porque tu fuente de ingresos es tan abrumadora y amplia que ni notarás su ausencia temporal. Incluso da igual si pasas años sin intervenir en la política, porque en cuanto lo vuelvas a hacer, tu poder residual seguirá robusto y accesible. El surgimiento de nuevas naciones, las amenazas a tu infraestructura, los desastres climáticos pasan a ser ruido estático por debajo de la orquesta de tu propia riqueza, tan colosal que ni siquiera puedes gastarla. Una vez que coges impulso eres invencible, hasta el punto de provocar hastío y desear una oposición a la altura de tu cima. Ya ni siquiera te preocupas de hacer lo correcto; sólo quieres divertirte, un desafío en tu propia distopía.

Oiligarchy lo sabe. El objetivo final e inmediato nos alinea con una posición moral contraria a la nuestra, colocándonos incluso contra los argumentos que blandiríamos en un caso semejante. Esto no funcionaría si fuésemos espectadores pasivos y no protagonistas activos; usa nuestra voluntad de victoria e instintos de supervivencias para mostrarnos quienes son los mayores responsables de estos males, y la extraordinaria facilidad con la que todo lo que podríamos considerar importante se vuelven meros recursos en un juego contra nuestra propia ambición. Somos un cáncer que se niega a morir aunque deba llevarse todo el cuerpo por delante, y si no lo hace es porque desde Molleindustria decidieron darle un final no demasiado derrotista.

Porque podría haber algo de esperanza, ¿verdad? Aunque nuestro negocio se yerga sobre un océano de sangre y petróleo, en la última fase tenemos un nuevo tipo de tecnología que parece ser ecológica.

¿Es esa transición la manera de conseguir energía de forma más ética y evitar los males de esos magnates? ¿Es parte de una solución genuinamente positiva en el conjunto de aspectos? Quizás, o quizás sea sólo un cambio de manos sobre una industria igual de despiadada. En las elecciones se establece que nuestra inversión contribuye de forma definitoria a la victoria de un partido u otro, pero no tenemos absoluto control de las votaciones: el partido perdedor podría tener un resultado mucho mejor del esperado según nuestro esfuerzo. El voto del pueblo, pese a todo, tiene un poder imprevisible, probablemente rebajado para favorecer el mensaje crítico del juego (La manipulación propagandística no es tan previsible y fácil de controlar, afortunadamente). La presión política es el mejor método que vemos para cortarles alas a los magnates, y aun así, siempre se antoja demasiado poco, casi irrisorio. Tampoco encontramos ningún político honesto, una muestra más de la intencionalidad del diseño.

Propuesta de diseño

No obstante, ¿significa todo esto que el diseño sea perfecto? A mi parecer, no, y resulta relevante diseccionar brevemente qué aspectos podrían haberse mejorado para dar una experiencia aún más redonda. Para no crear una versión alternativa partimos de las mismas bases discursivas, un presupuesto similar y por lo tanto, cambios leves.

Los errores más pequeños se dan en detalles muy concretos. Por ejemplo, en Nigeria arrasamos una aldea para explotar las reservas de petróleo que hay en sus alrededores. Sin embargo, en caso de que dicha reserva esté debajo de la aldea o de un edificio oficial, es imposible erigir ninguna estructura de explotación. A nivel contextual es un error, puesto que dicha aldea está abandonada tras su masacre y tenemos la autoridad para derruirla, excepto a nivel mecánico.

¿Por qué una compañía multimillonaria puede aniquilar su población y no derruir una aldea de adobe?

Esas pequeñas disonancias ludonarrativas se dan sobretodo al tener todos los territorios dispuestos en un inicio. El atractivo mecánico desaparece tras cierto tiempo de juego. No sólo desaparece la incertidumbre, sino que se automatiza en exceso el proceso de victoria y el desafío de mantenerte en el poder desaparece. En un caso como este habría venido bien menos empoderamiento y más desafíos, obligándonos a tomar esas decisiones de una manera más guiada y escalonada, permitiendo el acceso a nuevas zonas según aumentase su dificultad y necesidad por la demanda del mercado.  El descubrimiento de nuevos lugares generaría aún más incertidumbre y curiosidad por avanzar, además de no generar hastío cuando los antiguos territorios estén completamente explotados.

Entiendo que el objetivo es mostrar el poder desmesurado que acaban poseyendo estos empresarios, pero regular la dificultad ayudaría a la narrativa de que necesitas ensuciarte las manos para mantenerte en lo alto. Por ejemplo, que determinadas decisiones sólo pudiesen tomarse en determinados años más avanzados, y que cambiasen el panorama ficcional, manteniendo una mayor presión política o mostrándonos, por ejemplo, una inundación, encarecimiento de los mercenarios, o una mayor frecuencia de ataques de bandidos. Todo el juego ha dejado claro que estos empresarios viven como parásitos, no en un vacío; dificultar su crecimiento cuando han jodido demasiado el planeta sería una magnífica forma de mostrar cómo son capaces de hundirse aún más en el barro, potenciando esa espiral autodestructiva y manteniendo su coherencia estructural.

Comparativa con la realidad

Llegados a este punto es inevitable preguntarse hasta qué punto el juego refleja una realidad. Las acusaciones son demasiado graves y las consecuencias, demasiado nefastas para no realizar una pequeña investigación. Molleindustrie no suele dar punzada sin hilo, y tristemente este no es su primer juego sin una base estable. Ojalá lo fuese.

La industria del petróleo tiene sus días contados. Podría parecer incluso obvio si observamos el cambio climático y el constante desgaste de las reservas de combustibles fósiles. La Teoría del pico de Hubbert anuncian, en sus cálculos más optimistas, unos cien años de combustibles; probablemente menos, puesto que el pico de extracción global cree haberse sucedido ya. Es cuestión de tiempo que las reservas se agoten y debamos transitar hacia un nuevo modelo energético, sea con el aumento progresivo de las energías renovables o con la toma de decisiones draconianas para frenar una situación de desestabilización global.

Sin embargo, eso no es lo más preocupante. El problema reside en las consecuencias de los esfuerzos de estas empresas por mantenerse activas pese a su visible contaminación. Muchos de los eventos en el juego están estrechamente relacionados con polémicos eventos reales. Por ejemplo, observamos la dependencia de la industria petrolera de Venezuela y su relación política (Algo ferviertemente discutido en la actualidad), así como el terrible legado colonial que ha dejado la industria en Nigeria, siendo uno de los principales pilares económicos del país, una de sus mayores dependencias y la razón por un trato muy poco humanitario y poco medioambiental por parte de su gobierno, denunciado por múltiples organismos internacionales y ecológicos. Por otro lado, está claro que la industria del petroleo no tiene ningún remordimiento en generar lobbys y fake news contra el cambio climático, siendo el epicentro de su movimiento propagandístico.

El interés en este aspecto va en la misma línea que el discurso del juego: hay figuras fácticas promoviendo intereses propios para confundir a la población y generar mayor rendimiento en sus mercados, pese al coste medioambiental y humano. Y ni siquiera estamos explorando la manipulación propagandística general del gobierno norteamericano a lo largo del último siglo.

¿Dónde nos deja eso? Nuestra responsabilidad individual parece tan diluida como nuestra capacidad de cambio. Podemos hacer memes y reírnos de los grandes políticos, y mientras tanto ellos tendrán incontables fuentes de financiación que lograrán teñir la realidad para una gran parte de la población, que genuinamente creerá en apoyar la auténtica verdad.

El volumen de noticias y la dificultad para separar los datos contrastados de la propaganda es una tarea ardua, y las consecuencias que puede tener a largo plazo son, en el marco del cambio climático, mucho más graves de lo que nuestra civilización globalizada ha enfrentado jamás. En ese aspecto, parece haber poco espacio para la esperanza.

Sin embargo, molestamos. La verdad molesta allá donde se dice, allá donde se investiga. Si la industria petrolífera necesita gastar una cantidad tan abrumadora de dinero es porque están intentando recuperar una batuta que inevitablemente se escapa de sus manos. Fuera del entorno de Oiligarchy existen los buenos políticos, así como una preocupación muy generalizada sobre el cambio climático, junto a activistas que ya alcanzan el estrellato popular y que no se cortan en perseguir y mostrar la verdad. No hay mayor arma propagandística que de servir el discurso de las élites, convenciéndonos a nosotros mismos de nuestra poca capacidad de acción y de agachar la cabeza y consumir sin pensamiento crítico. Incluso las mismas élites saben, como conjunto, que el modelo es insostenible a largo plazo. Los discursos cambian y no lo hacen siguiendo sólo la batuta de dirigentes extraordinarios, sino el mismo bombeo ideológico que también emiten las masas.

Conclusiones

Oiligarchy se yergue como lo mejor que Molleindustria sabe hacer: un juego breve que ensambla su discurso de una manera afilada y contundente. La experiencia es entretenida y transgresora, en constante búsqueda de la exposición de un tema tan complejo como es la explotación energética y sus consecuencias geopolíticas. Se produce una simbiosis con la posición que pretenden mostrar a través de una integración demostrativa y asociativa. En el contexto social y ecológico, el valor del juego serio es alto y seriamente necesario. La toma de decisiones injustas en el marco de una moralidad corrupta nos ayuda a entender el sistema económico, junto a los extremo que alcanzan los oligarcas de la industria para seguir bombeando oro negro.

Oiligarchy no pretende ofrecer soluciones, sino consciencia. Su compromiso es con la verdad oculta y con ello, parece esperar un aumento de la mentalidad crítica que impida la manipulación propagandística. Cumple el mismo papel que una distopía: distorsionar su terrible anclaje con la realidad para mostrarnos la posibilidad que debemos evitar a toda costa.  Aunque nuestro papel sea pequeño es más grande que el mostrado; aunque nuestra vulnerabilidad sea presente tenemos tanta fuerza que los grandes dirigentes necesitan convencernos para seguir funcionando.

Quizás sea poco, pero es la única respuesta posible al observar semejantes abusos de poder: la indignación y a través de esa disrupción en el espacio de comodidad desde el que consumimos, un nuevo discurso, más agresivo y robusto. Una esperanza quizás vana, pero inevitable y combativa. Nosotros no somos los poderosos, pero también somos el sistema, y si queremos, que queremos, influimos en el rumbo general de nuestra sociedad. Lo haremos mediante la molestia de unos pocos incansables que, incombustibles, no dejan de señalarnos a los culpables y cambiar la visión pública hacia un nuevo camino.

El futuro será sostenible o no será.

Bibliografía

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